miércoles, 2 de octubre de 2013

Rodando, rodando ...

AL HILO DE MIS SUEÑOS.      2-10-2013
          Rodando, rodando...

          Rodábamos por las calles de una enorme ciudad, en un coche tan impersonal y frío como los edificios que nos rodeaban. Por fin, llegamos a nuestro destino: hotel ?, restaurante ?, casa ?...No lo sé. Decidimos aparcar el coche y recorrer a pie las calles próximas. Me acompañaban mi hijo, de 20 años y otro niño de unos 9 años, que también era mi hijo, de hecho era el mismo hijo, pero más niño. 
           La ciudad me suena como si fuera San Petesburgo, donde las agencias de viajes te ofrecen unas ofertas maravillosas, pero resulta que el Hotel está a más de 10 Km. del centro de la ciudad. Te dicen que el metro, impresionante el de esa ciudad, está a 3 calles, y así es, pero cada calle puede tener 1 km., sin exagerar.
            El mayor, hablaba y se comportaba como un adulto. El niño, con su cara lampiña, no hablaba, sólo comía y comía.
           Iniciamos nuestro paseo por las calles desconocidas. Anochecía y le pedí a mi hijo, el mayor, que se acordara de la ruta, no sea que nos perdiéramos. El me dijo que si no conducía no se fijaba. Nuestros pasos nos condujeron a callejones oscuros y tenebrosos, con gente muy extraña, como si no fueran de este mundo.
           Salimos por patas de ese barrio y nos encontramos en un taxi circulando por la dársena de un monstruoso puerto, llegando a nuestro destino. Era de día, muy luminoso, además y no se veía a nadie cerca. Paró el taxi y nos dejó en un gran graderio móvil, desde el que se veía un enorme portaaviones, apróximándose  a nuestras gradas. Estas se elevaban y bajaban, se acercaban  y se alejaban a su antojo al barco. El portaaviones se aproximaba lentamente a su amarre. Nosotros veíamos como se movían en su cubierta los aviones, coches, soldados..., y lo teníamos todo a nuestro alcance, gracias al graderio móvil. 
          Contemplábamos la cocina al aire libre, abierta al mar, donde un hombre no paraba de hablar en inglés, con un acento incomprensible para nosotros. Una voz en español, con acento latino nos decía que podíamos probar y comer cualquiera de los productos que se encontraban en un mostrador al alcance de nuestras manos. Yo abrí una bolsa de lentejas que tenía al alcance de mi mano y la legumbre caía como si fuera un grifo de agua abierto. Mi hijo, el callado y el comilón, tenía los mofletes hinchados de todo lo que se estaba metiendo en la boca, sobre todo dulces, como el merengue.
           La alarma del reloj de Rosa sonó, miré mi mesilla y allí mi reloj marcaba las 7:59. Todo se desvaneció de inmediato. 

AL HILO DE MIS SUEÑOS.
hilodemisue.blogspot.com


           

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